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El yoga

Si te digo yoga, probablemente piensas en posturas, en gente flexible, en un tapete. Y sí, por ahí pasa. Pero el yoga es algo mucho más grande.

La palabra yoga viene del sánscrito yuj: unir. Unir cuerpo, mente y respiración en el mismo lugar, al mismo tiempo —algo que casi nunca nos pasa—. El yoga es la práctica de volver ahí. Hace unos dos mil años, un sabio llamado Patañjali lo dijo en cuatro palabras: yogaś citta-vṛtti-nirodhaḥ, yoga es aquietar las fluctuaciones de la mente. No a la fuerza: la mente no se calla porque se lo ordenes. Se aquieta sola cuando dejas de agitarla.

Las posturas son solo una parte

Lo que casi todos llamamos yoga —las posturas— se llama āsana, y es una de ocho partes. Las posturas nacieron para algo muy concreto: que pudieras sentarte quieto y cómodo el rato suficiente para que la mente se calmara. La flexibilidad nunca fue la meta. Es, a lo mucho, un efecto secundario.

Las ocho ramas

Patañjali ordenó el camino en ocho partes que se acompañan —el aṣṭāṅga, "ocho ramas"—.

De las ocho, solo una sucede en el tapete. Las otras siete se practican en cualquier parte: en una conversación, en el tráfico, en lo que decides hacer con tu atención. De esto escribí más en el blog: las 8 ramas del yoga y la práctica no termina en el tapete.

La energía que sientes

El yoga dice que además del cuerpo que ves hay un cuerpo de energía. Y aunque no se vea, lo sientes todos los días: es eso que está lleno cuando despiertas con ganas de todo y vacío cuando estás agotado. A esa energía la llama prāṇa, viaja con la respiración, recorre el cuerpo por canales internos (nāḍīs) y se concentra en ciertos puntos a lo largo de la columna (chakras).

El yoga también dice que no eres una sola cosa: eres cinco capas, una dentro de otra. La de afuera es el cuerpo físico, la que puedes tocar. Debajo está la energía que lo mueve. Luego vienen tus pensamientos y emociones. Más adentro, la parte de ti que sabe las cosas sin tener que razonarlas. Y en el centro, una paz profunda que siempre está ahí, aunque arriba haya tormenta. A esas capas las llama koshas, y cada práctica es un viaje de la capa de afuera hacia el centro.

mūlādhāra · raíz svādhiṣṭhāna · sacro maṇipūra · plexo anāhata · corazón viśuddha · garganta ājñā · entrecejo sahasrāra · corona mūlādhāra · root svādhiṣṭhāna · sacrum maṇipūra · solar plexus anāhata · heart viśuddha · throat ājñā · brow sahasrāra · crown iḍā piṅgalā suṣumṇā
El prāṇa sube por los nāḍīs (iḍā y piṅgalā), que se cruzan en los siete chakras.
1 2 3 4 5 1 · annamaya 2 · prāṇamaya 3 · manomaya 4 · vijñānamaya 5 · ānandamaya el cuerpo la energía la mente la intuición paz profunda y dicha the body energy the mind intuition deep peace and bliss
Las cinco koshas: capas del cuerpo hacia adentro; en el centro, paz profunda y dicha.

De la más externa a la más sutil:

Por eso el yoga no solo trabaja el cuerpo. También cultiva tu energía, calma tu mente, desarrolla tu discernimiento y, poco a poco, te acerca a un estado de paz interior.

Qué le pasa a tu cuerpo

Aunque la meta no sea física, el cuerpo cambia. Cuando exhalas largo, le avisas que está a salvo: baja el pulso, se afloja la mandíbula, se suelta la fascia, ese tejido que envuelve cada músculo y guarda la tensión que ni sabías que traías. Por eso una postura sostenida no estira un músculo aislado: suelta una red completa que va de la planta del pie a la base del cráneo.

El cuerpo también guarda lo que no alcanzamos a procesar. Cuando una emoción es demasiado grande o llega en mal momento, el cuerpo la contiene por ti: aprieta la mandíbula, cierra el pecho, tensa las caderas. Y esa tensión no se va sola; se queda ahí, a veces años. Por eso en una clase, al trabajar una de esas zonas, puede soltarse algo que no es muscular: un suspiro enorme, unas ganas de llorar sin razón aparente. Es normal y es buena señal: la práctica está llegando hondo. En el blog escribí más sobre cómo lo que vives deja huella en tu cuerpo.

Qué le pasa a tu mente

El verdadero trabajo está en la atención. Practicar es darte cuenta de que te fuiste —a la lista del súper, al pleito de ayer, a la preocupación de mañana— y volver. A la respiración, a la planta del pie, a lo que está pasando ahorita. Miles de veces. Y esos miles de regresos entrenan algo enorme: que un pensamiento ya no te arrastre a donde él quiera. Ahí empieza una libertad muy real.

Por dónde empezar

Los estilos —Hatha, Vinyasa, Ashtanga, Yin, Restaurativo, etc.— son caminos distintos hacia lo mismo. Unos piden fuerza y movimiento; otros, quietud. No hay uno correcto: está el que pide el momento en el que estás. Y no necesitas ser flexible ni haber entendido todo lo de arriba: nada más ganas de llegar a tu primera clase. Todo lo demás llega con la práctica.

Leer más en el blog Empezar a practicar